La polémica surgida tras el examen de admisión de la UNAM no debe analizarse únicamente como un problema tecnológico o administrativo. El verdadero desafío es mucho más profundo: miles de jóvenes habrían recurrido a la inteligencia artificial y otros mecanismos de fraude para obtener un lugar universitario, convencidos de que el objetivo justifica los medios. Más de 158 mil aspirantes participaron en el proceso y alrededor de 3 mil exámenes fueron anulados por irregularidades detectadas.
Las cifras son importantes, pero el dato más inquietante no está en los números, sino en la mentalidad que parecen revelar: para algunos, el éxito vale más que la honestidad. Lo verdaderamente preocupante es preguntarnos de dónde proviene esa forma de pensar.
Ningún joven nace creyendo que mentir o hacer trampa sea correcto. Esa visión se aprende cuando el esfuerzo deja de valorarse, cuando el mérito se sustituye por la apariencia del éxito y cuando la sociedad comienza a admirar el resultado sin importar el camino recorrido. La Inteligencia Artificial no creó el problema; simplemente puso al descubierto una realidad que ya existía. Si hoy un estudiante utiliza la tecnología para aprobar un examen sin conocer las respuestas, mañana podría justificar alterar documentos, manipular información o engañar para obtener un empleo o una responsabilidad pública.
El fraude académico puede convertirse en el primer peldaño de una cultura donde la mentira deja de ser una excepción para convertirse en un método. La virtud, desde la filosofía clásica hasta la tradición cristiana, consiste precisamente en formar el carácter para hacer el bien aun cuando nadie observa.
La justicia, la fortaleza, la prudencia y la templanza no son conceptos antiguos; son los cimientos sobre los que se construyen personas confiables y sociedades libres. La gran pregunta no es si la Inteligencia Artificial hará más inteligentes a nuestros hijos, sino si nosotros seremos capaces de educarlos para que comprendan que ningún triunfo obtenido mediante el engaño vale más que la paz de una conciencia recta.
Porque cuando una sociedad pierde el valor del mérito, comienza también a perder el valor de la verdad.
Por Gustavo Buenrostro / Presidente de Por Querétaro Todo
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